Tengo 57 años… y los tengo todos vividos.

Y tengo suerte, tengo mucha suerte. Suerte de nacer en la familia en la que nací, donde lo importante era la responsabilidad y no el deber. Una suerte poder aprender que lo importante no es no hacer, sino hacer lo justo. Y hablo de justicia, no de limitación. Un honor tener un padre que me dijo: “Jamás creas a los que dicen que no puedes porque eres mujer, diles que puedes porque eres persona”.

Y esa libertad de pensamiento que, de bien pequeña,  me inculcaron me ha llevado a vivir un poquito, muy poquito, casi como he querido, dentro de lo que he podido.

Y digo podido,  porque de pronto murió el dictador y los dictadorzuelos decidieron que  la manada necesitaba un pastor.

Y a falta de pastores más cristianos, decidieron escribir un libro que fuera como la biblia.

¡Digo! Exactamente como la biblia. Una relativa realidad contada bajo el prisma de unos cuantos, que también se erigieron en semidioses. En apóstoles, más que santos, puesto que ellos eran santíiiisimos.

Y nos dieron un libro ¡Incorruptible! ¡Inexpugnable! (excepto para el dinero, que ya cantaban los juglares eso de: “hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar”)

Y  el libro de la “libertad” fue defendido a ultranza de una manera caricaturesca.

Y nosotros, jóvenes entonces, comprábamos hachís metido en un papelito de plata que parecía una chocolatina Nestlé y nos hacíamos porros clandestinos que nos hacían sentir mayores, aunque sabían a bien poco.

Y nosotros, jóvenes entonces, comprábamos tabaco a escondidas, y casi todos Ducados , que era barato, o Flores, que era el anticipo al Fortuna.

Y pedíamos cubatas en la barra, con cara de serios, para poder tomar ese garrafón que nos vendían como J&B.

Y pasamos a comprar tabaco, ahora ya sí Winston o Marlboro, y pasamos a comprar Jameson o Gleenfidish.  Pero seguíamos con los porros clandestinos, aunque nos íbamos a Ámsterdam y nos fumábamos un Bob Marley  sin problema.

Mientras, como las arañas van tejiendo su tela, aquellos que habían escrito ese maravilloso libro que únicamente pueden saltarse si son: el magistrado, el preparado, el campechano, en fin: el, el… la, la no nunca eh!!, se la iban saltando, pero sin tocarla.

Y un buen día, unas buenas personas pensaron. ¡Craso error! ¡Pensaron!  Y eso da miedo al ignorante, por muy preparado que se crea.

Y un buen día alguien creyó que si nos preocupábamos porque el vino fuera bueno, que no tuviera químicos y contaminantes, a lo mejor, a lo mejor,  estaría bien que la planta de la Marihuana también fuera sana.

Y un día alguien pensó que si ya se utilizaba con fines terapéuticos, quizá equipararla a los productos que sanan y matan y pudieran contener información para los usuarios, podría ser bueno.

Así, aquellos que se toman una copa de vino al día porque es saludable, los que beben una cerveza porque les regula la tensión o se toman un digestivo tras una copiosa comida saben lo que hacen. Aunque haya otros que beban vino hasta caer redondos, y se conviertan en carne de cirrosis, y, por tanto, no sepan lo que hacen.

Así, aquellos que beben vino pueden beber una copita de Rioja, un buen Ribeiro, o un Penedés.

Y lo pueden comprar en una hermosa botella de vidrio con una etiqueta de denominación.

Así, aquellos que toman cannabis pueden tomar un producto bio, tratado con amor, igual que la viña, y saber si prefieren roquefort, gelatto, gorila o incluso Mango.

Y así, aquellos que vieron que eso  era libertad, descubrieron que la manada no podía tener esa libertad porque pagaba impuestos y no tributos y decidieron “enseñarles”, no en vano la letra con sangre entra, decidiendo ir hacia ellos.

¡Qué digo hacia ellos¡ No pudieron cantar un “a por ellos”, porque los que fueron tejiendo la red eran silenciosos.

5 juicios perdieron, dos payasos votaron, un 155 y, en tiempo de pandemia, para que no hubiera follón, dos de ellos , dos de los que son personas, dos de aquellos que un día pensaron, entraron en prisión , y comparten reunión con otros 7 que, un día, también creyeron que eran libres.

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